"Ema", radiante por dentro y por fuera, era mimada y consentida a diario, concediéndole todos sus caprichos. En este ambiente, su alma se fue afeando poco a poco. Solicitó activamente que le deformaran el rostro para que se ajustara a su yo interior. La sometieron a ser llamada "fea" o "cerda" por usar un gancho para la nariz, una mordaza y un vendaje facial. Al aceptar estos castigos, sus tendencias masoquistas quedaron satisfechas y su culpa fue purificada.