Al oír la dulce voz de su vecina a diario, Kanda, transformado en una bestia, la empujaba al suelo en cuanto tocaba el timbre. Confundida por la inesperada intrusa, la vecina, Riko, intentó huir. Sin embargo, al ver el pene erecto y duro, solo podía pensar en placer, olvidándose de resistirse. Su lengua babeaba mientras él succionaba frenéticamente el semen de Riko, del que manaba un jugo de amor sin cesar...