El dueño de una posada rural vertía somníferos en el té de cualquier mujer que le apeteciera, permitiéndole dormir y luego destrozarla libremente. Sin miedo a ser descubierto, sus acciones se volvieron cada vez más excesivas. Algunas mujeres incluso se despertaban durante sus actos, pero para entonces ya era demasiado tarde...